Los años impares

La manera de sentir más rústica chocando con la más urbana. La lucha por las aficiones por encima de lo que puedan decir en tu contra. Y las vueltas y vueltas que puede dar la vida en cuestión de meses.

Mi madre es ese tipo de mujer a la que siempre le sobra día. Para ella, el mundo empieza alrededor de las tres de la tarde, cuando ya está fregada la cocina. Luego se sienta en el sillón y ve la telenovela de la uno y entonces es feliz, blanda y feliz. No es cariñosa, no tiene aficiones y apenas sale de la casa. Lo que más le gusta es irse a dormir, se pasa la mitad del día esperando que llegue la noche para irse a dormir. Si alguna mujer se separa, se lleva las manos a la cabeza, como si no se diera cuenta de que ella también está separada. Es curioso que eso no le pase con los personajes de las telenovelas, cuyas pasiones, miedos, alegrías y desengaños entiende como nadie. Mi padre, estoy segura de eso, nos abandonó porque en esta casa estamos siempre a oscuras. Seguro que se largó a Manchester por la manía que tiene mi madre de no encender las luces hasta que no es de noche. Se puede amar a un asesino en serie y a un cangrejo de río, pero es muy difícil amar a alguien que te tiene a oscuras todas las tardes porque sí, durante veintitantos años.

Los años impares es una original y singular novela que mezcla con acidez e ironía situaciones absolutamente divertidas con otras absolutamente melancólicas. María Sirvent nos ofrece un relato en el que personajes de carne y hueso, entrañables todos y perfilados maravillosamente, nos acercan a un mundo casi perdido y un fresco sobre la España contemporánea, con una crítica que va desde la sociedad al arte actual, pasando por los concursos televisivos y la música.

María Sirvent nos traslada desde su pueblo de la llanura manchega a una familia con un conjunto de personajes carismáticos, cada uno con sus gustos y aficiones, pero que comparten la manera de ver la vida basada en trabajar y el humor. Nos deja personajes entrelazados pero que cada uno tiene una versión diferente en su propia historia sin intermediar en la de los demás, pues se narra desde ciclos temporales diferentes, mezclando pasado y presente.

A su vez, encontramos otros personajes que se encuentran y que nos dejan ver de primera mano lo que es una ciudad que vive del turismo, como es Palma de Mallorca. O más bien nos dejan ver que por mucho que planees algo y que llevas toda una vida soñando, quizá la vida te depare otras cartas de la baraja que no tienen que ser precisamente malas.

Entra dentro de lo que a mi me gusta catalogar como “novela ligera”, pues se convierte en una novela amena y rápida de leer, pero que, sin embargo, deja gusto, deja sensaciones en pocas páginas y es lo que lo hace especial. Se trata también de la segunda novela post confinamiento, lo que hará que en un futuro sea recordada como una de las lecturas de la nueva realidad, aunque siga siendo igual que siempre. Una novela que en pocos días devoré entre salidas con la cámara y entre suspiros de agotamiento por ver una luz al final del túnel en la pesadilla del virus.

Todo un descubrimiento por mi parte de ver una autora desconocida, pero que a su vez con su obra tan corta logra algo tan profundo a la hora de describir los personajes con todo su pasado y presente, haciendo que se forme una especie de empatía divertida, pues es una novela que ofrece de nuevo el humor como fondo, el ver las cosas de otra manera y el estar jodido como parte de las épocas y etapas de la misma. El verlo todo desde el humor más cotidiano es la mejor definición de esta novela, haciendo que el lector disfrute de su breve lectura y siendo especial para pequeños trayectos de espera mientras vemos el destino barajar las cartas que nos tocará.

Realmente no he sido de describir ni leer sobre la naturaleza y el mundo rural más allá de novelas históricas, pero con esta historia se puede percibir que, de forma suave, es posible vivir y trasladarse a sentir algo así, con sus gentes de pueblo y sus formas tan simples de vivir la vida. Es la primera de este estilo, después le siguieron otras como Jauja de Use Lahoz o Los ojos cerrados de Edurne Portela. Todas ellas me hacen recordar el maravilloso himno nacional que, sin saberlo, en su día compuso y cantó Funambulista con La vida de Antes: una manera de sentir nostalgia de algo que no he vivido, convirtiéndose en algo muy entrañable y que invita a disfrutarlo desde dentro. Una novela que también me traslada a aquel viaje en solitaria que hice por ver un concierto de Diego Cantero, y que al cantar sus canciones de manera casi acústica, hicieron temblar mis emociones al ver que estaba cumpliendo un pequeño sueño y una espinita clavada.

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