Granada I

Un par de fotografías que describen mi forma de ver la ciudad donde perdí el miedo.

Imagen propia: Tela nazarí de Granada.

Un instante para reflejar una aventura solitaria que comenzó hace cuatro años. Una fotografía tomada en una calle cualquiera de la ciudad de Granada para mostrar que por fin he superado la meta que una vez le propuse a mi primera psicóloga. Simplemente dos elementos: un trozo de tela que es libre y una pared rojiza que es valiente por ser de las pocas de este tono de color.

Hace poco deambulé por la ciudad nazarí en el encuentro de mi propia persona, culminando un proceso y un tiempo que fue dedicado a conocerme mejor, saber buscar mis propias oportunidades y encontrar mis límites internos. Era la primera vez que viajaba solo, decidido a perderme por las calles de una ciudad que ya había visitado, pero esta vez buscando diferentes formas de verla a través del foco de mi cámara. Me planté ante una situación “liviana” que ayuda mucho a uno mismo a ganar autoestima, seguridad e individualismo.

De ese perderme por las calles de la ciudad nace esta foto, que de ser tan simple la considero más bella por lo que a mí me representa. Con una iluminación propia de un día soleado que se nos tiene acostumbrados en Andalucía, vemos que hace resaltar toda una paleta de colores que contrastan entre sí, lo que hace distinguir mucho más los elementos de la imagen. Colores como el blanco abundante en el trozo de tela, por la inocencia e ilusión más pura de mi viaje; rojo como la pared, por una ciudad que me ha acogido y me ha brindado una gran oportunidad; el negro dentro de la tela, por la peor época que he vivido en estos meses; y amarillos/naranjas de entre la misma, por los altibajos y cada decisión que me ha llevado hasta donde estoy ahora mismo.

Es una foto que fue regalada después de vivir un momento mágico cerca del Río Darro, saliendo de la zona del Albaicín y desde allí llegando al centro de la ciudad. Pues en un momento de paz, sin apenas turistas, sin más que un sonido ambiente, de fondo logré apreciar a un cantante callejero entonando una canción lenta en inglés. Fue en ese momento, cuando comprendí lo que realmente significa la fugacidad de la felicidad, lo que significa robarle un instante al propio tiempo, y lo que significa lograr estar en paz con uno mismo después de alcanzar lo que lleva tiempo luchando.

Parece un simple momento, un trayecto corto, una foto que realmente no representa a una ciudad tan llena de magia. Pero realmente se trata de transmitir la luz, de vislumbrar algo que hasta hace unos meses era impensable (lejos de la crisis sanitaria), de dar importancia a un acto que, incluso estando acompañado, resultaba imposible de realizar por una compañera que no era buena y mi ceguera que lo eclipsaba. Después de, literalmente, estar semanas sin salir de casa por miedo y con sufridos golpes de ansiedad por ser de “todo” menos egoísta, tocó el momento de renacer de las cenizas y volver para romper con todo. Llegó la época de volver a como era, a como me fui creando mi propia vida, a tomar decisiones sin mirar por nadie más. Después de este viaje llegaron otros, llegaron viejos amigos, llegaron momentos de un verano atípico y que me ha llenado mucho como persona. Pero llegó lo más importante: el escalofrío de mirar atrás, junto al recuerdo que valdrá en los malos trances, y sentirme orgulloso de que por fin, después de muchos meses, he comenzado de nuevo a vivir.

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