Tigres de cristal

El pasado como caja de pandora no cerrada y que al abrirse sacude las viejas heridas. La venganza y el rencor frente a la inocencia y la lealtad. Barriadas de una ciudad en construcción donde se narran otras historias paralelas.

A finales de los setenta, Víctor Yagüe y Juanpe Zamora fueron algo más que simples compañeros de clase. Su amistad, llena de confidencias y juegos, de alegrías y miedos, rebasó las paredes del aula y se extendió por las conflictivas calles de la Ciudad Satélite. Hasta el 15 de diciembre de 1978. Hasta el día en que un suceso trágico sacudió la conciencia de los vecinos. Hasta el momento en que los chicos se vieron obligados a escoger entre la lealtad y la salvación.

Treinta y siete años después, ambos vuelven a encontrarse en ese mismo escenario. Sus vidas han corrido suertes opuestas. Juanpe es un hombre a la deriva, sin futuro y con un presente turbio; Víctor, en cambio, puede considerarse un triunfador. Quizá por eso se siente extrañamente en deuda con su viejo amigo y decide enfrentarse a los claroscuros de un caso cerrado que, sin embargo, sigue envuelto de inquietantes preguntas que nadie quiere responder.

Pero lo que Víctor y Juanpe ignoran es que alguien, en la sombra, está escribiendo la historia de ese crimen. Un relato revelador que, tal vez, ninguno de los dos debería leer.

Como si del firmamento, tan inmutable y observador del paso del tiempo, se tratase, Toni Hill es capaz de relatarnos la historia de evolución de un barrio que comenzó como arrabal de Barcelona por la llegada masiva de emigrantes de todas partes de España, y en el que su vecindario ha ido cambiando por los diferentes acontecimientos que se cuentan en voz baja para no abrir viejos cajones y no tentar a la mala suerte.

Con base en la historia de tres familias sacudidas por un mismo trágico suceso del pasado, se observará como florecen los sentimientos más mundanos ante las situaciones en las que el perdón no sirve para redimirse, la venganza se disfraza de locura por arrebatar los pequeños ratos de cordura, y la lealtad aguanta los palos del paso del tiempo que no pudieron recuperar.

Todo ello seguido de historias paralelas que concurren en el presente y en el que los protagonistas son adolescentes sumergidos en las redes sociales y en lo socialmente “aceptable”, haciendo reflejar sentimientos donde el rencor es capaz de explotar contra personas inocentes, los deseos pueden acabar por destruir la vida de personas que nunca debieron estar en el camino, y donde la amistad se tambalea como un funambulista de entre los mensajes de WhatsApp.

La manera que tiene Toni Hill de dotar a cada personaje como metáfora perfecta para proyectar en cada uno los diferentes sentimientos del ser humano al más puro estilo trágico griego junto con historias tan terriblemente trágicas como fácilmente reales, hicieron tambalear tanto los cimientos de mi propio ser que incluso al acabar el libro lloré por un final tan apoteósico como gratuito, tal y como son los momentos que la propia vida nos regala.

A su vez, he de admitir que me encanta la manera tan dulce de reflejar las bromas del destino desde el punto de vista de las dos familias protagonistas: una primera familia decide llevarse por unos principios y unos egos aparcados en aceptar las consecuencias, aunque la vida acabe por tratar mal a Juanpe y dejarlo a la deriva; y una segunda familia que se resquebraja por huir de las situaciones justas y fortalecer su ego, pero con una vida soñada para Víctor aunque sin nada en el interior. Esta forma tan impecable de uno de los protagonistas de aceptar los quehaceres del destino incluso después de romperse la familia y de haber sido fruto de una infidelidad en el matrimonio, hace ver como todo acto egoísta puede volver en el tiempo con más fuerza y con unas consecuencias devastadoras para el tú de ese momento y de los años venideros.

Pero, sin duda, me quedo con uno de los momentos que más desapercibido pasa en la historia: el reencuentro de viejos amigos. Más teniendo en cuenta que este verano he podido reencontrarme con mis viejos amigos y después de ver la acogida que he tenido como si el tiempo no hubiera pasado, solamente me ha hecho ver que cada instante con ellos, cada fotografía, cada día que pueda quedar, cada canción que pueda recordar, es una bendita suerte. Una suerte y unos sentimientos que, paradójicamente, no suelo expresar más allá de mi manera de dejarlo todo -he de decir que soy muy ordenado para eso- y pasar tiempo con ellos aunque el plan se trate de comer pipas en un parque. Con esta novela se puede aprender sobre muchas formas de enfrentarse a situaciones de la vida cotidiana, pero con amigos así solo se puede aprender a valorar cada momento.

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